Santiago Paniagua— Q/I Editorial
Un presidente de Estados Unidos que habla sobre una guerra tiene una responsabilidad que trasciende partidos, campañas electorales y simpatías políticas: hablar con absoluta claridad cuando está en juego la seguridad y la vida de los estadounidenses.
Las palabras pronunciadas por el
presidente Donald Trump —“Que destruyan Los Ángeles. Que destruyan San Diego”—
resultan suficientemente graves y temerarias como para exigir explicaciones,
independientemente de la interpretación que posteriormente haya ofrecido su
administración.
Millones de estadounidenses jamás
deberían verse obligados a preguntarse si su comandante en jefe estaba
advirtiendo sobre la posible destrucción de dos ciudades de su propio país o
mostrando indiferencia ante semejante escenario.
La Casa Blanca sostiene que Trump
intentaba expresar precisamente lo contrario: que el costo económico provocado
por la guerra sería pequeño comparado con el peligro de permitir que Irán
llegara a tener capacidad para atacar ciudades estadounidenses. Ese contexto
debe ser reconocido con responsabilidad periodística. Pero también debe
reconocerse que las palabras de un presidente tienen consecuencias,
especialmente cuando el país está involucrado en un conflicto armado.
Los Ángeles y San Diego no son
simples puntos sobre un mapa. Allí viven millones de estadounidenses: niños,
trabajadores, envejecientes, militares, inmigrantes y familias enteras cuya
seguridad el presidente juró proteger.
Por eso resulta legítimo exigir una
explicación inequívoca de lo que Trump quiso decir.
También debemos ser responsables con
una palabra extremadamente seria que comienza a aparecer en algunos sectores
del debate público: traición.
La Constitución estadounidense
establece requisitos extraordinariamente estrictos para ese delito. Si alguna
vez existieran pruebas de que un presidente ayudó intencionalmente a un enemigo
a atacar a ciudadanos estadounidenses, correspondería investigar los hechos y
aplicar todo el peso de la Constitución y las leyes. Pero la indignación
política no puede sustituir las pruebas, y esta declaración, por sí sola, no
demuestra que Trump haya cometido traición ni que estuviera invitando
deliberadamente a Irán a atacar Estados Unidos.
Exigir responsabilidad también
significa exigirla con hechos.
Lo mismo corresponde a los
dirigentes republicanos que decidan minimizar declaraciones presidenciales de
esta naturaleza. Guardar silencio o defender al presidente no constituye
automáticamente complicidad criminal, pero políticamente sí pueden y deben
responder ante los ciudadanos por sus decisiones.
Ningún partido puede estar por
encima del país.
Si un presidente demócrata hubiera
pronunciado exactamente las mismas palabras, los republicanos tendrían derecho
a exigir explicaciones. Y cuando las pronuncia un presidente republicano, los
demócratas, los independientes y los propios republicanos tienen exactamente el
mismo derecho.
La seguridad nacional no puede
convertirse en una cuestión de lealtad partidista.
El Congreso debe ejercer su
responsabilidad constitucional, determinar el contexto completo de estas
declaraciones y exigir claridad sobre la posición del presidente frente a
cualquier posible amenaza contra territorio estadounidense.
Pidamos una explicación clara.
Pidamos escrutinio del Congreso. Pidamos responsabilidad sustentada en hechos.
Porque Estados Unidos puede
sobrevivir a diferencias políticas profundas. Lo que una democracia no puede
permitirse es que la lealtad a una persona termine siendo más importante que la
obligación de proteger al país.
Ningún presidente —republicano o demócrata— merece lealtad ciega. La lealtad debe ser primero a la Constitución, a la nación y al pueblo estadounidense.

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