Opinión-¿Investigar para hacer justicia o perseguir al adversario? El peligro de convertir el poder en instrumento de intimidación

Santiago Paniagua | Redacción Q/I

La democracia no se mide solamente por la celebración de elecciones, sino también por el respeto que las autoridades demuestran hacia quienes piensan diferente. Cuando un gobierno utiliza sus facultades para investigar a un adversario político, la pregunta fundamental no debe ser si ese adversario nos agrada o comparte nuestras ideas, sino si existen pruebas legítimas que justifiquen la actuación del Estado.

La controversia que rodea a la congresista demócrata Ilhan Omar vuelve a colocar este principio en el centro del debate nacional. Las informaciones sobre una revisión de sus antecedentes migratorios durante la primera administración de Donald Trump, en 2019, y el renovado interés de las autoridades federales en acusaciones relacionadas con su ciudadanía plantean interrogantes que merecen respuestas públicas, documentadas y transparentes.

Si una investigación anterior fue abandonada por insuficiencia de pruebas, las autoridades tienen la obligación de explicar qué hechos nuevos justificarían reabrirla. Investigar no constituye por sí mismo una persecución política; pero repetir acusaciones sin fundamentos verificables, especialmente contra una representante electa que mantiene profundas diferencias con el presidente, puede debilitar la confianza ciudadana en la imparcialidad de las instituciones.

¿Desde cuándo disentir de un presidente, pertenecer a otro partido político o cuestionar las decisiones del Gobierno constituye una amenaza para Estados Unidos?

La Constitución protege la libertad de expresión, las creencias religiosas, la participación política y el debido proceso. Nadie debe ser considerado sospechoso por su origen nacional, su religión, su manera de vestir, su condición económica, una discapacidad o sus opiniones políticas. Tampoco debe recibir privilegios ante la justicia por pertenecer al partido gobernante.

Resulta especialmente preocupante la normalización de las burlas y los ataques personales en el debate público. Las expresiones despectivas contra personas con discapacidades, contra quienes tienen sobrepeso o contra quienes profesan determinadas creencias religiosas no fortalecen a una nación. Por el contrario, deterioran la convivencia y transmiten la idea de que la dignidad humana depende de la posición política o social de cada individuo.

El caso de Omar también invita a recordar las acusaciones de fraude electoral que siguieron a las elecciones presidenciales de 2020. Donald Trump y sus aliados cuestionaron reiteradamente el resultado que dio la victoria a Joe Biden, pero las denuncias de un fraude generalizado capaz de modificar aquel resultado no fueron demostradas.

A esto se suma el debate provocado por los indultos concedidos por Trump a personas procesadas por los acontecimientos del 6 de enero de 2021 en el Capitolio. Aquella decisión presidencial fue legalmente distinta de una absolución judicial y alcanzó a personas con situaciones procesales diferentes. Sin embargo, dejó una pregunta legítima sobre la coherencia de los mensajes oficiales respecto al respeto de la ley y la responsabilidad individual.

Una democracia no puede sostenerse sobre dos conceptos de justicia: uno para los aliados del poder y otro para sus adversarios. Las leyes deben proteger a todos por igual, y las investigaciones deben responder a hechos comprobables, no a simpatías, enemistades o conveniencias políticas.

Desde una perspectiva cristiana, esta realidad también nos invita a reflexionar sobre la advertencia bíblica de Isaías 5:20, que cuestiona a quienes llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno. No corresponde utilizar esa enseñanza para condenar anticipadamente a una persona o a un partido, sino para recordar que la justicia, la verdad y la misericordia deben estar por encima de cualquier interés humano.

Como sociedad, necesitamos recuperar el respeto hacia las diferencias, la responsabilidad en el ejercicio del poder y la convicción de que ninguna autoridad está por encima de la Constitución.

Oremos para que nuestros gobernantes actúen con sabiduría, para que los organismos encargados de hacer cumplir la ley conserven su independencia y para que ninguna persona sea perseguida por pensar, creer o expresarse de manera diferente.

Porque hoy las controversias pueden girar alrededor de la congresista Ilhan Omar, pero mañana cualquier ciudadano podría necesitar que esas mismas garantías constitucionales lo protejan de una acusación injusta.

La verdadera fortaleza de Estados Unidos no está en silenciar a quienes cuestionan al poder, sino en garantizar que incluso sus críticos puedan vivir sin temor, con dignidad y bajo la protección de la ley.


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