Editorial —¿Seguridad o ejecuciones en RD? El peligro de combatir la delincuencia fuera de la Constitución

Santiago Paniagua / Redacción Q/I

La República Dominicana enfrenta un debate que no puede continuar siendo ignorado: ¿hasta dónde debe llegar la Policía Nacional en su lucha contra la delincuencia y cuáles son los límites que establece nuestra Constitución para proteger la vida y la dignidad humana?

Nadie puede negar que la delincuencia constituye una preocupación legítima para la sociedad dominicana. Los asaltos, robos, asesinatos y otros actos criminales generan temor, destruyen familias y afectan la tranquilidad de comunidades enteras. Los ciudadanos tienen derecho a vivir seguros, a caminar por sus calles sin miedo y a exigir de las autoridades una respuesta firme y efectiva frente a quienes amenazan sus vidas y propiedades.

Sin embargo, esa legítima exigencia de seguridad no puede convertirse en una autorización para que los organismos encargados de hacer cumplir la ley actúen por encima de ella.

Una cosa es que un agente policial utilice la fuerza necesaria para defender su vida o proteger a un ciudadano frente a una amenaza real e inmediata, y otra muy distinta es que una persona detenida, desarmada o bajo custodia policial termine muerta sin haber sido presentada ante un tribunal.

Esa diferencia no es un simple tecnicismo jurídico. Es la frontera que separa el ejercicio legítimo de la autoridad del abuso de poder.

La Constitución de la República Dominicana reconoce el derecho a la vida y establece garantías fundamentales para todas las personas, independientemente de su condición social, sus antecedentes o los delitos que se les atribuyan. El artículo 37 protege el derecho a la vida, mientras que el artículo 69 consagra la tutela judicial efectiva y el debido proceso.

Estas garantías no fueron creadas exclusivamente para proteger a ciudadanos ejemplares. Existen precisamente para impedir que el poder del Estado se ejerza arbitrariamente contra cualquier ser humano.

Un presunto delincuente no deja de ser una persona amparada por la Constitución. Puede ser investigado, detenido conforme a la ley, procesado y condenado si se demuestra su culpabilidad. Lo que no puede aceptarse como procedimiento de justicia es que su destino sea decidido mediante una ejecución extrajudicial.

Tampoco podemos ignorar el sufrimiento de las víctimas. Detrás de cada asesinato, atraco o agresión existe una familia que reclama justicia. Detrás de cada comerciante asaltado, de cada trabajador despojado de sus pertenencias y de cada ciudadano que teme salir de su hogar, existe una realidad que el Estado tiene la obligación de enfrentar.

Por eso, defender los derechos humanos no significa justificar la delincuencia, así como exigir firmeza policial tampoco significa respaldar los abusos.

La Policía Nacional necesita preparación, recursos, respaldo institucional y autoridad para enfrentar a organizaciones criminales y delincuentes peligrosos. Sus agentes tienen derecho a protegerse cuando sus vidas están amenazadas. Pero esa autoridad debe estar acompañada de responsabilidad, controles efectivos y consecuencias cuando se comprueben actuaciones ilegales.

El verdadero desafío consiste en construir una institución policial que inspire respeto por su profesionalismo y confianza por su conducta, no temor por la posibilidad de que sus integrantes actúen sin rendir cuentas.

También debemos preguntarnos qué responsabilidad tiene el Estado en la prevención de la delincuencia. No basta con perseguir a quienes cometen delitos si al mismo tiempo se descuidan la educación, las oportunidades laborales, la formación de nuestros jóvenes, la recuperación de los barrios y el fortalecimiento de las instituciones judiciales.

La pobreza no convierte automáticamente a nadie en delincuente, ni la falta de oportunidades justifica cometer crímenes. Pero una política integral de seguridad no puede limitarse a patrullajes, arrestos y enfrentamientos armados. Debe incluir prevención, investigación, justicia y rehabilitación.

Hay, además, una pregunta que merece una respuesta colectiva: ¿qué ocurriría si mañana aceptáramos que las autoridades pueden matar a una persona detenida porque la consideran peligrosa?

¿Quién garantizaría que esa persona realmente cometió el delito que se le atribuye? ¿Qué sucedería si fue confundida con otra, acusada falsamente o víctima de una actuación arbitraria?

¿Y quién protegería al ciudadano cuando la autoridad que debe garantizar sus derechos se convierte en quien los vulnera?

No podemos defender la Constitución solamente cuando sus garantías nos favorecen personalmente. Su verdadera importancia se demuestra cuando protege incluso a quienes son rechazados por la sociedad o acusados de los delitos más graves.

Una democracia no puede permitir que la culpabilidad sea determinada por la sospecha, que la condena sea dictada por un agente armado y que la sentencia se ejecute en una calle, un destacamento o cualquier otro lugar ajeno a los tribunales.

Por eso, cada muerte ocurrida durante una intervención policial debe ser investigada con rigor, independencia y transparencia. No se puede presumir automáticamente que todo enfrentamiento fue ilegítimo, pero tampoco aceptar sin investigación que toda muerte presentada oficialmente como resultado de un intercambio de disparos estuvo justificada.

La verdad debe establecerse mediante pruebas, procedimientos confiables y rendición de cuentas.

La sociedad dominicana merece una Policía fuerte, respetada y eficiente. Merece también un Ministerio Público capaz de investigar, tribunales que impartan justicia y autoridades que comprendan que el poder recibido del pueblo no constituye una licencia para desconocer los derechos de ese mismo pueblo.

El país no tiene por qué escoger entre vivir sometido a la delincuencia o vivir bajo el temor de posibles abusos de quienes ejercen la autoridad. La seguridad ciudadana y el respeto constitucional no son aspiraciones incompatibles: son obligaciones inseparables del Estado.

La delincuencia debe combatirse con toda la firmeza que permite la ley, pero jamás con métodos que destruyan los principios que esa misma ley está llamada a defender.

Porque cuando una sociedad comienza a justificar la muerte de personas detenidas sin juicio, no solamente pone en peligro los derechos de los acusados. También debilita las garantías que mañana podrían necesitar sus propios ciudadanos inocentes.

La seguridad ciudadana debe protegernos de la delincuencia, mientras que la Constitución debe protegernos de los abusos del poder.

Y ante esta realidad, desde Quisqueya Internacional dejamos planteada una reflexión que debe llegar a nuestras autoridades, a las organizaciones comunitarias, a las instituciones religiosas y a cada familia dominicana:

¿Qué clase de República Dominicana queremos dejarles a nuestros hijos: una donde la justicia dependa de quien tenga un arma en sus manos, o una nación donde todos, incluyendo quienes ejercen el poder, estén sometidos a la Constitución y a las leyes?

Porque la verdadera fortaleza de un Estado no se demuestra solamente por su capacidad para enfrentar al delincuente, sino también por su determinación de respetar la vida, garantizar la justicia y proteger los derechos de todos.


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