Claudio Acosta
Alfoke declaró que su partido no dará dádivas, dinero ni
pica pollo porque eso corresponde a la “vieja política”, una “mala práctica”
que cree necesario erradicar.
Que alguien que ha decidido incursionar en la política dominicana y tener su propio partido prometa villas y castillos, que va a cambiar esto, aquello y lo de mas allá o que le cobrará impuestos a los haitianos indocumentados por respirar de este lado de la frontera no debe sorprender ni extrañar.
Al fin y al cabo todo se reduce, porque es lo que estamos viendo desde que somos una democracia con minúsculas, a que cada cuatro años los políticos en campaña prometen lo que saben no van a cumplir, los electores fingen creerles y vuelven a votar por ellos a pesar de que siempre terminan alzándose con el santo y la limosna, mientras la lista de los grandes problemas nacionales sin resolver aumenta de manera peligrosa.
Pero si en lugar
de prometer mas de lo mismo dice que va a cambiar todo eso hay que prestarle
atención, mucho mas si quien lo hace es el empresario Santiago Matías, mejor
conocido como Alofoke, quien recorre el país recogiendo firmas para que la JCE
reconozca el partido político que sustentaría su candidatura presidencial en el
2028, que ojalá no sea, como algunos temen, “el año en el que se soltó el loco
en las elecciones dominicanas”.
El pasado fin de semana, durante una visita a La Romana, Alfoke declaró que su partido no dará dádivas, dinero ni pica pollo porque eso corresponde a la “vieja política”, una “mala práctica” que cree necesario erradicar. Por venir de quien viene, y mas que nada por el hecho de que hace tiempo que en la política dominicana nadie pega un afiche en una pared si no le dan primero “lo suyo”, hay que dudar de esa afirmación; y ya veremos si, en caso de que reconozcan su partido, pensará lo mismo cuando tenga que movilizar a sus seguidores.
Pase lo que pase, una cosa está clara: el olfato monetizador
de Alofoke se dio cuenta ya de que pocos negocios, en este país, son tan
rentables como la política, pues gracias al dinero público un partido pequeño
se convierte en una mina de oro para su propietario sin importar si llega o no
la Presidencia.

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