Sergio Sarita Valdez
Allá por la década de los ochenta fuimos invitados, en
nuestra condición de patólogo forense, a participar en un seminario organizado
por el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas Estadounidenses, ubicado
en Washington D. C.
Le correspondió abrir el certamen a un reconocido
patólogo quien, a sus ochenta y cinco años, aún seguía activo en la práctica
forense. Dentro de los asistentes surgió una pregunta dirigida al disertante, y
era la siguiente: ¿Cuáles son los requisitos que se deben poseer para llegar a
ser un buen investigador forense?
De inmediato y sin titubeos, el conferencista respondió:
“Una persona versada en todo y a la que le guste indagar detalladamente”.
Imagino que si a Juan Bosch le hubiesen preguntado sobre
las cualidades que deben adornar a un buen político profesional, probablemente
respondería: “Ser honrado, sincero, capacitado, polifacético e identificado con
los más nobles principios humanos universales”. ¿De dónde derivo esa tesis
póstuma? Respondo basándome en su modelo de vida, sus alocuciones, así como en
sus escritos.
A través del programa de radio “Tribuna Democrática”,
Juan Bosch expresaba la tarde del día 23 de abril de 1970 lo siguiente: “…en su
editorial de hoy, el Listín Diario se queja de que aquí no ha habido en toda
nuestra historia sino odio y sangre, muerte y destrucción. Pero sucede que el
distinguido periodista que escribe esos editoriales cree que eso se debe a que
los dominicanos son propensos a odiar y a matar, a resolver todos los
problemas, según dice él, por medio de la violencia. Y no es así. Nadie, en
ninguna parte del mundo, mata o se deja matar por el gusto, a menos que se
trate de un loco, y a mí no hay poder humano que pueda convencerme de que
nuestro país es un país de locos. Este distinguido periodista que escribe los
editoriales del Listín no se da cuenta de qué es lo que sucede. Él no ha pasado
nunca por la amarga experiencia de levantarse sin tener un pedazo de plátano
para el desayuno de sus hijos, sin tener carbón, fósforos y cuaba para encender
el fogón de su casa; él no ha visto nunca a sus hijos desnudos, sucios, flacos
del hambre y, por lo tanto, no se da cuenta de que cuando el hombre vive sin
aliciente y sin esperanza de mejorar, debilitado por la necesidad, acorralado
por la miseria, sin que lo alumbre un rayito de ilusión, no tiene más salida
que actuar violentamente; y así, unos se meten a policías, porque esa es la
manera de mejorar su suerte… Este no es un problema de bondad o de maldad. No
es verdad que la gente nazca buena o nazca mala. La hace buena o la hace mala
el ambiente en que vive…” ¿Mejor evidencia de un sociólogo?
Cierro con la visión histórica de Juan Bosch, el
visionario político, a raíz de la intervención militar norteamericana de 1965:
“… en el momento de la invasión había en América más de cien millones de
jóvenes… la lección que probó ante todo el mundo que los Estados Unidos ni
tienen ideología ni tienen amigos… ellos solo tienen intereses, y su única
política consiste en defender esos intereses, pase lo que pase y caiga quien
caiga”.
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