
Santiago Paniagua | Redacción Q/I
Preservar nuestra identidad histórica y cultural no significa vivir anclados en el pasado. Significa conocer de dónde venimos para comprender quiénes somos y decidir con responsabilidad hacia dónde queremos ir. Para los dominicanos, dentro y fuera de la República Dominicana, esa responsabilidad adquiere hoy especial importancia ante una evidente transformación de valores y costumbres que amenaza con distanciarnos de principios fundamentales de nuestra identidad nacional.
Nuestra dominicanidad es mucho más que una bandera, una celebración patriótica o el lugar donde nacimos. Es el resultado de generaciones de sacrificios, luchas, tradiciones, valores familiares, expresiones culturales y una extraordinaria vocación de solidaridad y servicio.
El legado de Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella, junto al sacrificio de María Trinidad Sánchez y los hombres y mujeres de la Independencia, nos recuerda que la República Dominicana nació de ideales de libertad, soberanía y dignidad. Posteriormente, figuras de la Restauración como Gregorio Luperón, Santiago Rodríguez y Gaspar Polanco defendieron el derecho del pueblo dominicano a preservar esa soberanía.
Honrar a nuestros héroes, sin embargo, requiere mucho más que levantar monumentos o depositar ofrendas florales. Honrar a Duarte significa vivir con principios; honrar a Sánchez significa comprender el precio de defender nuestras convicciones; honrar a Mella significa tener el valor de actuar cuando la patria y nuestros principios lo demandan.
Nuestra cultura también vive en el sonido de la tambora, la güira y el acordeón; en el merengue y la bachata; en los palos, atabales, salves, carnavales y múltiples manifestaciones del folclor nacional. Las nuevas generaciones tienen derecho a crear sus propias expresiones culturales, pero evolucionar jamás debería significar avergonzarnos de nuestras raíces o permitir que desaparezcan.
Lo mismo ocurre con nuestra gastronomía. El mangú, el sancocho, el moro, el arroz con habichuelas y carne, los pasteles en hoja, el casabe, el asopao y nuestros dulces tradicionales representan mucho más que alimentos. Son recuerdos familiares y tradiciones transmitidas entre generaciones. Cuando una madre o una abuela enseña una receta tradicional a sus hijos y nietos, también está transmitiendo cultura y memoria.
Existe además un patrimonio menos visible, pero igualmente valioso: nuestro tradicional espíritu de solidaridad y servicio. El dominicano ha sabido históricamente compartir aun cuando posee poco. Lo hemos visto en nuestros barrios y campos, y también entre nuestra diáspora, donde innumerables personas y organizaciones continúan enviando alimentos, medicamentos, equipos, útiles escolares y asistencia a quienes enfrentan necesidades.
Ese espíritu merece ser protegido porque una comunidad no debe medir su grandeza exclusivamente por la cantidad de profesionales, empresarios, artistas o funcionarios públicos que produce, sino también por la manera en que trata a sus miembros más vulnerables.
Hoy, sin embargo, enfrentamos una preocupante crisis de valores. Con demasiada frecuencia observamos cómo la notoriedad pretende sustituir al mérito; la apariencia al verdadero éxito; la vulgaridad al talento; y la popularidad momentánea al liderazgo construido mediante años de trabajo y servicio.
Las redes sociales constituyen herramientas extraordinarias, pero también pueden elevar comportamientos negativos hasta convertirlos en aparentes modelos de éxito. Frente a esa realidad debemos recuperar conceptos fundamentales: respeto, educación, disciplina, trabajo, honestidad, responsabilidad, familia, solidaridad, servicio y patriotismo.
No podemos reclamar mejores dirigentes si dejamos de formar mejores ciudadanos. Tampoco podemos hablar de orgullo dominicano solamente cuando levantamos nuestra bandera. La dominicanidad también debe demostrarse mediante nuestra conducta.
Para quienes vivimos fuera de la República Dominicana, el desafío es todavía mayor. Nuestros hijos y nietos crecen hablando otros idiomas, estudiando otras historias y conviviendo con diferentes culturas. Esa experiencia puede enriquecerlos enormemente, pero no debemos olvidar una verdad fundamental:
La identidad no se transmite automáticamente; hay que enseñarla.
Nuestros hijos deben conocer quién fue Duarte y comprender por qué celebramos el 27 de febrero y el 16 de agosto. Deben conocer nuestros símbolos patrios, nuestra música, nuestra literatura y las comunidades de donde procedieron sus padres y abuelos.
Debemos llevarlos a conocer una República Dominicana que vaya más allá de los grandes complejos turísticos: sus campos, pueblos, monumentos, museos, iglesias, plazas y lugares históricos. Que escuchen directamente de sus mayores las historias de sacrificio que permitieron que muchas familias dominicanas pudieran comenzar una nueva vida en el extranjero.
Un llamado a nuestra juventud
A nuestros jóvenes dominicanos debemos hablarles con claridad y esperanza: ustedes serán los próximos guardianes de nuestra identidad.
Pueden ser estadounidenses y orgullosamente dominicanos. Pueden dominar perfectamente el inglés sin perder el español. Pueden estudiar en las mejores universidades, convertirse en científicos, médicos, abogados, maestros, empresarios, periodistas, artistas o funcionarios públicos sin olvidar de dónde vinieron sus familias.
No permitan que nadie les haga sentir vergüenza de sus raíces.
Pero tampoco reduzcan el patriotismo a colocar una bandera dominicana sobre los hombros.
Estudien nuestra historia. Lean. Investiguen. Pregunten. Conozcan nuestros monumentos. Descubran nuestros escritores. Escuchen a nuestros mayores. Aprendan de nuestros héroes y también de nuestros errores históricos.
Defiendan nuestro patrimonio con conocimiento y altura, no solamente con emoción, porque el verdadero patriotismo necesita educación, responsabilidad y compromiso.
Preservar nuestra identidad tampoco significa despreciar otras culturas. Quien conoce y respeta profundamente sus propias raíces puede comprender mejor el valor que tienen las raíces de los demás. Nuestra bandera debe ser símbolo de identidad, nunca instrumento de división.
Las familias, escuelas, iglesias, organizaciones comunitarias, consulados, instituciones culturales y medios de comunicación también tenemos una responsabilidad enorme. Necesitamos promover más historia, cultura, literatura, educación cívica y programas dirigidos a nuestros jóvenes.
Nuestros medios tampoco pueden dedicar todo su espacio al escándalo. La cultura merece titulares. La historia merece primera plana. Los estudiantes sobresalientes merecen fotografías. Los maestros merecen reconocimiento. Los artistas que dignifican nuestra cultura merecen promoción y los líderes comunitarios que trabajan silenciosamente por los demás también merecen ser conocidos.
Si solamente hacemos famosos a quienes protagonizan controversias, no debemos sorprendernos cuando algunos jóvenes lleguen a creer que ése es el camino más rápido hacia el reconocimiento.
La bandera dominicana no puede convertirse simplemente en una decoración durante el Mes de la Herencia Dominicana. Duarte no puede ser solamente una estatua. La Independencia y la Restauración no pueden convertirse únicamente en fechas del calendario.
Detrás de nuestros símbolos existe una responsabilidad mucho mayor: ser dignos de la herencia que recibimos.

Nuestros antepasados hicieron su parte.
Los independentistas hicieron la suya.
Los restauradores hicieron la suya.
Nuestros padres y abuelos hicieron la suya.
Muchos dominicanos emigraron llevando apenas una maleta y enormes sueños, pero dentro de aquella maleta invisible llevaron algo que ningún viaje pudo arrebatarles: su identidad.
Ahora nos corresponde a nosotros preservarla y entregarla a nuestros hijos.
No como nostalgia por un tiempo pasado ni como una expresión exagerada de nacionalismo, sino como una responsabilidad histórica con quienes estuvieron antes que nosotros y con aquellos que vendrán después.
Que nuestros jóvenes puedan alcanzar las mayores alturas sin olvidar el barrio, el campo o el pueblo del que salieron sus abuelos.
Que puedan caminar por Newark, Nueva York, Boston, Miami, Madrid, Santo Domingo o cualquier ciudad del mundo y expresar con educación, conocimiento y dignidad:
“Esta es mi historia. Esta es mi cultura. Estas son mis raíces. Y las llevo con orgullo.”
Porque una nación que olvida su historia corre el riesgo de perder su identidad; pero un pueblo que conoce sus raíces, conserva sus valores y transmite su patrimonio puede avanzar hacia el futuro sin olvidar jamás quién es.
Preservemos nuestra identidad histórica y cultural. Es responsabilidad de todos.
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