Opinion-La comunidad dominicana merece respeto y representación

Santiago Paniagua / Redacción Q/I Las recientes declaraciones y publicaciones atribuidas a la candidata Darializa Ávila Chevalier han provocado preocupación e indignación entre numerosos miembros de la comunidad dominicana de Nueva York y de todo Estados Unidos. Más allá de las diferencias políticas naturales que existen en toda democracia, resulta preocupante cuando se proyecta una imagen distorsionada de una comunidad que durante décadas ha demostrado ser un ejemplo de trabajo, sacrificio y aportes al desarrollo de esta nación. Los dominicanos no somos la caricatura que algunos intentan presentar. Somos una comunidad formada por hombres y mujeres que llegaron a Estados Unidos buscando oportunidades, trabajando largas jornadas en fábricas, hospitales, escuelas, oficinas, comercios y pequeños negocios para construir un mejor futuro para sus familias. Somos propietarios de empresas, profesionales, maestros, médicos, policías, militares, líderes religiosos y comunitarios que han contribuido significativamente al crecimiento económico y social de ciudades como Nueva York, Newark, Paterson, Lawrence, Providence, Orlando y muchas otras. La historia de la inmigración dominicana en Estados Unidos es una historia de esfuerzo, emprendimiento y superación. Miles de familias han logrado ascender socialmente gracias a la educación, el trabajo honrado y la perseverancia. Los dominicanos pagan impuestos, generan empleos, revitalizan vecindarios y participan activamente en la vida cívica y democrática de este país. Asimismo, resulta injusto responsabilizar al pueblo dominicano por las dificultades económicas, sociales o políticas que enfrentan otras naciones. La República Dominicana ha sido históricamente uno de los países más solidarios del hemisferio con el pueblo haitiano. Durante décadas ha brindado atención médica, educación, empleo, asistencia humanitaria y apoyo en momentos de crisis, terremotos, huracanes y emergencias sanitarias. La realidad es que millones de haitianos han recibido servicios de salud, oportunidades laborales y ayuda humanitaria en territorio dominicano. Ninguna nación del Caribe ha asumido una carga humanitaria comparable durante tanto tiempo. Esa solidaridad ha sido reconocida incluso por organismos internacionales y observadores independientes. Al mismo tiempo, la historia recuerda que la República Dominicana conquistó su independencia en 1844 después de un período de ocupación haitiana. Ese hecho histórico forma parte de la identidad nacional dominicana y debe ser analizado con rigor histórico, respeto y objetividad, sin utilizarlo para fomentar divisiones ni resentimientos entre dos pueblos que comparten una misma isla y un destino geográfico común. Los dominicanos son un pueblo orgulloso de sus raíces, de su cultura, de su idioma y de sus tradiciones. Pero también son un pueblo respetuoso que ha sabido convivir con comunidades de todas las nacionalidades y procedencias. Nuestra presencia en Estados Unidos ha enriquecido la diversidad cultural del país y ha fortalecido la economía de numerosas ciudades. Por esa razón, muchos dominicanos consideran que la representación política debe recaer en líderes que comprendan profundamente la historia, las contribuciones y las aspiraciones de nuestra comunidad. En ese contexto, el congresista Adriano Espaillat ha mantenido durante años una relación cercana con los dominicanos del Alto Manhattan, El Bronx y otras áreas de Nueva York, convirtiéndose en una voz reconocida en defensa de los inmigrantes y de las comunidades trabajadoras. Las elecciones siempre deben ser un espacio para el debate de ideas, propuestas y soluciones. Sin embargo, ese debate debe construirse sobre el respeto mutuo y el reconocimiento de los aportes que cada comunidad realiza al país. La comunidad dominicana no necesita que nadie la defina mediante estereotipos o acusaciones injustas. Su historia ya habla por sí sola. Es la historia de un pueblo trabajador, emprendedor, solidario y comprometido con los valores de la democracia y el progreso. Por ello, los dominicanos merecen respeto, reconocimiento y una representación política que refleje con dignidad todo lo que han aportado y continúan aportando a los Estados Unidos de América.

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