
Santiago Paniagua-Redacción Q/I
En una ciudad como Newark, donde la presencia dominicana no solo es visible sino determinante en el tejido social y económico, resulta alarmante que una de sus principales expresiones culturales —el Desfile y Festival Cultural Dominicano del Condado Essex— esté hoy en el centro de una crisis que expone algo más profundo: un vacío de liderazgo, de institucionalidad y de respeto por el patrimonio comunitario.
Según estimaciones basadas en datos del United States Census Bureau, la población hispana en Newark supera el 50%, y dentro de ese universo, los dominicanos representan uno de los grupos más numerosos y dinámicos. Diversos análisis comunitarios sitúan a la población dominicana en decenas de miles de residentes, con una fuerte concentración en sectores clave de la economía local, particularmente en el comercio minorista y los pequeños negocios, donde —como bien se señala— más del 70% en algunos segmentos está en manos dominicanas.
Y sin embargo, ese peso demográfico y económico no se traduce en poder político ni en control institucional de sus propias plataformas culturales.
El testimonio presentado es contundente. Lo que una vez fue concebido como una celebración auténtica de identidad, tradición y orgullo quisqueyano —un espacio donde la comunidad se apropiaba de las calles con su cultura, su historia y su esencia— ha sido progresivamente desvirtuado. Hoy, denuncia el documento, el desfile corre el riesgo de convertirse en una vitrina para oportunistas, figuras sin compromiso comunitario y actores políticos que aparecen solo cuando hay cámaras, pero desaparecen cuando hay crisis.
Más grave aún es la acusación de una administración anterior que habría dejado una deuda de miles de dólares sin rendición de cuentas ni informes financieros, violando los propios estatutos de la institución.
Esto no es un simple error administrativo; es una falta ética que socava la confianza de toda una comunidad.
Aquí es donde el problema deja de ser cultural y se convierte en estructural.
¿Cómo es posible que una comunidad con tanto peso económico no tenga representación significativa en los espacios de poder municipal? ¿Cómo se explica que en procesos electorales recientes no haya habido candidatos dominicanos en posiciones clave como la alcaldía o concejalías at-large? La narrativa de la “división comunitaria” ha sido utilizada —según se denuncia— como excusa para excluir, invisibilizar y frenar el desarrollo del liderazgo dominicano en la participación politica de la ciudad.
Pero la realidad es más incómoda: no se trata solo de exclusión externa, sino también de debilidad interna.
El oportunismo, la falta de institucionalidad y la ausencia de relevo generacional han permitido que espacios como el desfile sean vulnerables a la improvisación y al uso indebido. Cuando una institución cultural se convierte en negocio, pierde su alma. Cuando se utiliza como trampolín político, pierde su credibilidad.
En ese contexto, la llegada de una nueva administración encabezada por Ariagna Perello representa una oportunidad —quizás la última— para rescatar no solo el desfile, sino el sentido de propósito colectivo. La limpieza de errores pasados, la integración de nuevos miembros con reputación sólida y el enfoque en valores auténticos son pasos en la dirección correcta.
Pero no basta.
El pensamiento de Juan Pablo Duarte no es casual. Es una advertencia.
“Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán víctimas de sus maquinaciones.”
Porque al final, el desfile es solo el síntoma.
El problema real es que una comunidad que genera riqueza, cultura y votos aún no ha entendido que su verdadero poder radica en la organización, la unidad estratégica y la participación política efectiva. Mientras ese despertar no ocurra, seguirán existiendo desfiles sin rumbo, líderes sin legitimidad y políticos que sonríen para la foto… pero gobiernan sin rendir cuentas.
La pregunta ya no es quién dañó el desfile.
La pregunta es: ¿quién está dispuesto a reconstruir la dignidad de toda una comunidad?

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