Santiago Paniagua/Redacción Q/I

La Independencia de la República Dominicana no se celebra únicamente dentro de los límites geográficos de la isla. Cada 27 de febrero, la patria late con igual fuerza en Nueva York, Newark, Miami, Madrid, Zúrich o cualquier ciudad del mundo donde resida un dominicano orgulloso de su origen.
Para la diáspora, conmemorar la gesta encabezada por Juan Pablo Duarte y los trinitarios no es un simple acto simbólico: es una afirmación de identidad. Es recordar que nuestra soberanía nació del sacrificio, la visión y la determinación de hombres y mujeres que soñaron una nación libre y digna.
En el exterior, celebrar la Independencia significa mantener vivas nuestras raíces frente a los desafíos de la asimilación cultural. Significa enseñar a nuestros hijos y nietos que el orgullo dominicano no se negocia ni se diluye con la distancia. Que hablar español en casa, conocer nuestra historia, honrar nuestros símbolos patrios y valorar nuestras tradiciones no es un detalle folklórico, sino un acto de responsabilidad histórica.
La diáspora tiene un papel fundamental: transmitir el legado. Cada desfile, cada ofrenda floral, cada acto cultural, cada bandera ondeando en una avenida extranjera es una declaración de permanencia. Es decirle al mundo que, aunque vivamos fuera, llevamos la patria en el corazón.
Mantener nuestras raíces no es nostalgia; es continuidad. Es garantizar que no se pierda ni un ápice de nuestra historia, de nuestra cultura, de nuestras luchas y de nuestras conquistas. Es sembrar en las nuevas generaciones el amor por la tierra de Duarte, para que, sin importar dónde nazcan o crezcan, sepan quiénes son y de dónde vienen.
Porque la independencia no es solo un hecho del pasado: es una responsabilidad permanente que la diáspora honra cada año, en cualquier parte del mundo.
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