
Santiago Paniagua
En nuestras sociedades la impunidad no se sostiene únicamente por los actos de corrupción, violencia o abuso de poder cometidos por unos pocos; se fortalece también en el silencio cómplice de muchos. La maldad avanza cuando los ciudadanos se resignan, cuando prefieren mirar hacia otro lado, cuando el miedo o la apatía resultan más cómodos que la verdad.
Cada escándalo de corrupción, cada injusticia sin castigo, cada crimen que queda en la sombra, revela no solo la audacia de los culpables, sino la falta de firmeza de una sociedad que no exige cuentas. Mientras los corruptos manipulan instituciones y los poderosos tuercen la ley a su favor, el silencio de los ciudadanos se convierte en la cortina que los protege.
La democracia no se defiende sola. La justicia no se impone automáticamente. El bienestar común requiere voces que reclamen, ciudadanos que participen, comunidades que se organicen y exijan transparencia. Porque cuando la sociedad calla, la impunidad se convierte en norma.
La maldad y el silencio son una pareja letal. Romper este ciclo no solo es un deber moral, sino una necesidad para garantizar que las futuras generaciones no hereden un sistema corroído por la indiferencia. Hablar, denunciar y actuar son los antídotos contra la impunidad.
Desde la optica Ética, Moral y Espiritual
La Maldad y El Silencio: Cómplices de la Impunidad
La maldad se manifiesta de muchas formas: en la injusticia social, en la mentira, en la corrupción, en la violencia que destruye vidas inocentes. Pero hay un aliado silencioso que la fortalece: la pasividad de quienes la presencian y callan.
El silencio frente al mal no es neutralidad; es complicidad. Cada vez que se guarda silencio ante el abuso, se está entregando poder al abusador. Cada vez que se prefiere no incomodar alzar la voz, la injusticia gana terreno.
La Biblia advierte que “el que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado” (Santiago 4:17). La omisión también es responsabilidad. No basta condenar la maldad en privado ni indignarse en secreto. Dios llama a los hombres y mujeres justos a ser luz en medio de las tinieblas, a no conformarse con el silencio cómodo que perpetúa la impunidad.
El verdadero desafío es tener el valor de ser voz de los que no pueden hablar, de denunciar aun cuando hay riesgos, de defender la verdad aunque incomode. Porque la impunidad no se rompe solo con leyes humanas, sino con conciencias despiertas y corazones decididos a no ser cómplices.
La maldad necesita del silencio para prosperar. La justicia necesita de la valentía para levantarse. Cada voz que se alza en favor de la verdad es un muro contra la impunidad.
Y aquí la pregunta inevitable para cada uno de nosotros:
¿De qué lado quieres estar? ¿Del silencio que protege la injusticia o de la voz que se atreve a defender la verdad?
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