
Santiago Paniagua
Vivimos una época paradójica. Nunca antes tantas naciones habían adoptado el modelo democrático como sistema formal de gobierno, y sin embargo, nunca antes había sido tan evidente su fragilidad. La pregunta no es retórica ni alarmista: ¿qué está pasando con las democracias del mundo?
En distintos continentes observamos señales inquietantes. Gobiernos elegidos en las urnas que, una vez en el poder, debilitan las instituciones que los llevaron allí. Parlamentos convertidos en trincheras ideológicas. Sistemas judiciales bajo presión política. Medios de comunicación desacreditados o cooptados. Y, sobre todo, una ciudadanía cada vez más polarizada, más desconfiada y más cansada.
La democracia no muere siempre con un golpe de Estado. A veces se erosiona lentamente, bajo el peso de decisiones “legales” que reducen contrapesos, concentran poder o debilitan la transparencia. El autoritarismo moderno no siempre viste uniforme militar; muchas veces usa traje y discurso electoral.
El fenómeno no es exclusivo de una región. En Europa, partidos ultranacionalistas han ganado terreno capitalizando el descontento social. En América Latina, la desconfianza en los partidos tradicionales ha abierto espacio a liderazgos personalistas. En Estados Unidos, la polarización ha alcanzado niveles que hace una década parecían impensables. En África y Asia, algunas democracias jóvenes enfrentan presiones estructurales que amenazan su consolidación.
¿Qué alimenta esta crisis?
Primero, la desigualdad. Cuando amplios sectores sienten que el sistema no les ofrece oportunidades reales, la fe en la democracia se debilita. Segundo, la desinformación. Las redes sociales han democratizado la voz, pero también han multiplicado la mentira, la manipulación y la radicalización. Tercero, el desencanto generacional. Muchos jóvenes no ven en la política institucional una herramienta eficaz para transformar su realidad.
Pero sería un error concluir que la democracia está condenada. La historia demuestra que también tiene capacidad de reinventarse. Las movilizaciones ciudadanas, el periodismo independiente, las organizaciones civiles y el voto informado siguen siendo herramientas poderosas. La democracia no es solo un sistema electoral; es una cultura política que requiere participación constante, vigilancia y responsabilidad colectiva.
Tal vez la verdadera pregunta no sea qué pasa con las democracias del mundo, sino qué estamos dispuestos a hacer para fortalecerlas. La democracia no es un regalo permanente: es una construcción diaria. Se defiende en las urnas, pero también en la conversación pública, en la educación cívica, en la transparencia institucional y en el respeto a la diversidad de ideas.
El desafío es enorme. Pero también lo es la oportunidad. Cada crisis democrática es, al mismo tiempo, una llamada de atención. Y la historia demuestra que cuando los ciudadanos despiertan, las democracias pueden renovarse.
La pregunta sigue abierta. Y la respuesta, en gran medida, está en nuestras manos.
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