
Santiago Panigua | Redacción Q/I
El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no es solo entretenimiento: es una vitrina simbólica donde Estados Unidos se mira al espejo frente al mundo. En ese escenario, la presentación de Bad Bunny marcó un punto de inflexión. No por el volumen de los decibeles ni por la pirotecnia, sino por el contenido. Por el mensaje. Por la afirmación serena y firme de que la cultura también es política, identidad y memoria compartida.
Desde su entrada hasta el último acorde, el show fue un relato visual y sonoro cuidadosamente construido. La estética —raíces caribeñas, referencias urbanas, ritmos afrolatinos— funcionó como lenguaje universal. No hubo traducción necesaria: la emoción fue el idioma. Cada gesto, cada transición, habló de pertenencia y dignidad; de un pueblo que ha sido históricamente visto, pero no siempre escuchado.
La proyección de la cultura puertorriqueña y latina fue central. No como folclor congelado, sino como presente vivo que dialoga con el mundo. Puerto Rico no apareció como postal turística, sino como cuna creativa, como espacio de resistencia y de amor propio. La latinidad, lejos de diluirse, se afirmó plural: diversa, híbrida, moderna, orgullosa de sus raíces y consciente de su influencia global.
Los símbolos importaron. La música urbana se entrelazó con sonidos tradicionales; la calle conversó con el escenario más poderoso del espectáculo estadounidense. Ese cruce no fue casual: fue una declaración. La cultura latina no pide permiso para existir ni para crear; ocupa su lugar porque lo ha ganado. Y al hacerlo, convoca a la unidad desde la diferencia.
El mensaje de amor en vez de odio atravesó todo el performance. No fue panfleto ni consigna explícita; fue atmósfera. En tiempos de polarización, el show apostó por la humanidad compartida. La celebración colectiva —cuerpos bailando, manos en alto, coros que unieron generaciones— recordó que la música puede ser puente cuando el discurso político se vuelve muro.
Quizás el momento más contundente fue el implícito: América somos todos. No una América homogénea, sino una que se construye a diario con acentos distintos, historias migrantes y sueños comunes. En el escenario del Super Bowl, ese mensaje resonó con fuerza global. Porque cuando la cultura lidera, la nación se ensancha.
El medio tiempo de Bad Bunny no buscó agradar a todos; buscó ser fiel a una verdad cultural. Y en esa fidelidad radicó su poder. Fue un recordatorio de que el espectáculo puede ser conciencia, y de que la identidad —cuando se expresa con honestidad— no divide: convoca.
La cultura como respuesta al odio institucional
Este mensaje cobra una dimensión aún más profunda cuando se observa el contexto político actual. Bajo la retórica y las políticas migratorias impulsadas por el gobierno de Donald Trump, la inmigración ha sido tratada no como una realidad humana y estructural del país, sino como una amenaza. El discurso del miedo, las redadas, las deportaciones masivas y la criminalización del inmigrante han erosionado el tejido social y han sembrado división allí donde debería existir reconocimiento.
Frente a esa política de exclusión, el escenario cultural se ha convertido en espacio de resistencia. La clase artística —cantantes, actores, creadores— ha asumido un rol que trasciende el aplauso: levantar la voz. No para hacer campaña partidista, sino para defender la dignidad humana. El medio tiempo de Bad Bunny se inscribe en esa corriente silenciosa pero poderosa, donde el arte responde sin gritar, denuncia sin consignas y confronta al odio con humanidad.
Las consecuencias políticas de gobernar desde el desprecio son visibles: comunidades enteras viviendo con miedo, jóvenes creciendo entre la incertidumbre y un país que se contradice cuando niega la esencia migrante que lo fundó. En contraste, la respuesta cultural plantea otra narrativa: la de un Estados Unidos plural, mestizo, creativo y profundamente latino.
Cuando el poder político cierra puertas, la cultura abre ventanas. Cuando el discurso oficial divide, el arte recuerda que la nación no se construyó desde la pureza, sino desde la diversidad. Por eso este medio tiempo no fue solo un show: fue una declaración ética. Un acto de afirmación colectiva que, sin nombrarlo directamente, dejó claro que el odio no define a América; la definen sus pueblos.
Y en esa afirmación, la cultura latina no pide permiso. Se presenta, se expresa y permanece. Porque también es América.
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