Redacción Q/I

La Habana, CU.- Cuba atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente tras el ataque estadounidense contra instalaciones militares venezolanas y la captura del presidente Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos. El golpe, descrito como quirúrgico y de rápida ejecución, ha tenido un efecto sísmico en La Habana, donde la pregunta que recorre calles y hogares es inquietante: “¿Somos los próximos
Durante meses, mientras Washington preparaba la operación, la posibilidad de una escalada regional fue tema recurrente entre los cubanos. La detención de Maduro, aliado estratégico de la isla durante décadas, representa una brusca reversión de fortuna para el gobierno comunista cubano, que ha dependido del apoyo petrolero y financiero de Caracas desde la caída de la Unión Soviética.
En una protesta frente a la embajada estadounidense en La Habana, el presidente Miguel Díaz-Canel adoptó un tono desafiante al asegurar que la alianza Cuba-Venezuela no caerá sin resistencia. Sus palabras, cargadas de épica, contrastaron con el asombro de muchos ciudadanos ante la facilidad con la que las fuerzas estadounidenses lograron capturar al líder venezolano sin bajas propias aparentes.
El costo humano para Cuba ya es significativo. El propio Donald Trump afirmó que “muchos cubanos perdieron la vida” durante la operación por estar protegiendo a Maduro. Posteriormente, el gobierno cubano confirmó la muerte de 32 ciudadanos en “acciones de combate” realizadas en apoyo a Venezuela, y decretó dos días de duelo nacional. Se trataría del primer enfrentamiento directo entre antiguos adversarios de la Guerra Fría en décadas.
La captura de Maduro también expone lo que durante años fue un secreto a voces: la presencia de asesores y personal de seguridad cubanos en el círculo íntimo del mandatario venezolano. Diplomáticos en Caracas habían señalado reiteradamente que la seguridad presidencial hablaba con acento cubano y que Maduro confiaba más en esos colaboradores que en cuadros locales, reflejo de una relación profundamente entrelazada.
Desde los tiempos de Hugo Chávez, Caracas envió miles de millones de dólares en petróleo a la isla a cambio de inteligencia, asesoría económica y personal médico. Chávez llegó a declarar que Cuba y Venezuela no eran dos naciones, sino “la gran patria”. Tras su muerte en 2013, Cuba decretó duelo oficial y le concedió la ciudadanía cubana, un honor reservado a muy pocos extranjeros.

Hoy, esa simbiosis enfrenta una presión inédita. La segunda administración Trump ha invocado una versión renovada de la Doctrina Monroe, prometiendo no tolerar gobiernos en el hemisferio occidental cuyos intereses choquen con los de Estados Unidos. Analistas advierten que el rápido éxito en Venezuela podría envalentonar a sectores partidarios del cambio de régimen para ampliar su mira hacia otras naciones, comenzando por Cuba.
El momento no podría ser más adverso para la población cubana. Apagones prolongados, escasez de combustible, plantas eléctricas obsoletas y una crisis alimentaria creciente han empujado a millones al límite. En la televisión estatal, funcionarios informan a diario sobre la situación energética como si se tratara del pronóstico del tiempo, mientras comentaristas oficiales han llegado a sugerir reducir el consumo de alimentos básicos como el arroz.
La posible ruptura definitiva con Venezuela dejaría a Cuba en el mayor aislamiento desde el colapso soviético. Para sectores duros en Washington, la oportunidad de neutralizar a un adversario histórico a solo 90 millas de Estados Unidos podría resultar irresistible. En La Habana, sin embargo, la percepción es otra: la sensación de vivir en “un estado de guerra sin guerra”, donde la amenaza de una intervención militar vuelve a sentirse tangible.
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