Opinion-El expansionismo de Estados Unidos y sus conflictos

Diómedes Núñez Polanco

La huella del presidente ecuatoriano Eloy Alfaro en la República Dominicana no solo se manifiesta con la carta de relativa reciente aparición, que el dos veces gobernante de su país (1895-1901;1906-1911) enviara desde Lima, Perú, el 11 de febrero de 1888, a Máximo Gómez, quien pocos años después sería el jefe militar de la guerra de independencia cubana, sino que el entramado ideológico y liderazgo pionero de la transición democrática y de la época de grandes transformaciones en su país, en los aspectos social, económico, político y cultural, tuvo en Juan Bosch, escritor, pensador, presidente de nuestro país y padre de la democracia revolucionaria, uno de sus más sobresalientes discípulos.

Así también fue de entrañable la hermandad latinoamericanista entre Bosch y el ecuatoriano universal Oswaldo Guayasamín. Su retrato del prócer dominicano es el drama, el largo calvario de América Latina.

En la misma línea del Pacto Político y Reservado de 1900, se habían celebrado otros dos importantes acuerdos, conocidos con el nombre de Amapala, que fueron sus antecedentes. Ambos se suscribieron en la Isla del Tigre, Honduras. El primero fue firmado en 1890; el segundo, concertado el 20 de junio de 1895, tuvo carácter público e interestatal; en realidad, se trataba de una cumbre de presidentes.

Asimismo, se trató de crear la Confederación de Estados Sudamericanos; y llegó a convocarse un Congreso Continental Americano, con Ecuador y México como anfitriones.

Estos tratados y eventos fueron el fruto de las corrientes liberales, radicales y revolucionarias en boga, tanto en la segunda mitad del siglo XIX como a principios del XX. Los actores de esas luchas procedían del Caribe, Centroamérica y América del Sur.

Tal como ha referido el historiador Jorge Núñez Sánchez, el pacto tripartito de 1900 fue una reedición del Congreso Anflictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar, en 1825, luego de conocida la Doctrina Monroe en 1823. Como legado de esos propósitos, en la ya mencionada carta de Alfaro a Gómez, se expresa la dimensión de la alianza latinoamericana y caribeña, sintetizada en esta procllama: “… la causa de la libertad es una en nuestros pueblos”. Clave en ese ajedrez político fue el Manifiesto de Montecristi, firmado en la ciudad dominicana del mismo nombre por José Martí y Máximo Gómez, el 25 de marzo de 1895; expone las ideas y fundamentos de la guerra de independencia y liberación de Cuba.

Los gobiernos y pueblos de América Central han sido víctimas de agresiones exteriores, lo que les ha preparado para enfrentarlas exitosamente. Todos se unificaron las veces (1855, 1857 y 1860) que el filibustero estadounidense William Walker invadió Nicaragua e intentó hacerlo en los demás países centroamericanos.

En agosto de 1856, una ley del Congreso estadounidense autorizaba a sus ciudadanos a posesionarse, más allá de sus fronteras, de los depósitos de guano (abono de excremento de las aves) que descubriesen, en islas, islotes y cayos, para así fertilizar sus tierras cultivables del este y del sur. La aplicación de esa ley le generó encendidos conflictos con República Dominicana, Perú, Venezuela, Inglaterra, Haití, Colombia, Honduras y Nicaragua.

Las acciones militares y políticas exteriores de los Estados Unidos se han basado en la Doctrina Monroe “América para los americanos”, que se ha ampliado o matizado, según las coyunturas.

En las décadas 1980, 1990 y 2000 la estrategia expansionista la contenían los llamados Documentos de Santa Fe, que guiaron a los presidentes Ronald Reagan y a los Bush, padre e hijo.

Con el cambio de época, desde finales del siglo XX a los inicios del XXI, la impronta del gran desarrollo de la Internet y uso de las redes sociales, en plena era de la sociedad de la información y el conocimiento, soplan otros vientos. La llegada y continuidad del presidente Barack Obamadio un respiro a la humanidad.

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