Un país que se dice libre no puede seguir enterrando a
sus inocentes. Ya las aulas y los templos dejan de ser refugios. ¿Hasta cuándo
vamos a permitir que los niños mueran así?
Hoy escribo con el corazón encogido. La noticia del
tiroteo en la Annunciation Catholic Church, durante una misa escolar en
Minneapolis, me golpeó como si esas balas hubieran atravesado también mi propia
fe. Dos niños, de apenas 8 y 10 años, murieron en los bancos de una iglesia, un
lugar que debería ser símbolo de refugio y esperanza. Más de una docena de
pequeños resultaron heridos. Y yo me pregunto: ¿qué nos está pasando como
sociedad?
Las imágenes son insoportables de imaginar: los niños
escondiéndose bajo los bancos, los vitrales destrozados por las balas, las
puertas bloqueadas desde afuera como si alguien hubiese querido atrapar a los
más indefensos. El atacante, Robin Westman, de apenas 23 años, no era un
extraño; había sido estudiante del mismo colegio. Y lo más doloroso es que sus
obsesiones violentas estaban ahí, escritas en redes sociales, casi gritando una
advertencia que nadie quiso escuchar.
Lo que me indigna profundamente es que las tres armas
utilizadas fueron compradas de manera legal. ¿Cómo es posible que un joven con
claros signos de obsesión con la violencia pudiera armarse hasta los dientes
sin que nadie interviniera? En este país, la facilidad para conseguir armas se
ha convertido en la sentencia de muerte de demasiados inocentes.
Escucho las palabras de condolencia: el alcalde Jacob
Frey pidiendo unidad, el presidente ordenando banderas a media asta, el
gobernador diciendo que “Minnesota está con el corazón roto”, el Papa
expresando tristeza. Y me pregunto si esas palabras alcanzan. Porque la verdad
es que ya hemos escuchado discursos similares antes… después de Columbine,
después de Sandy Hook, después de Uvalde. Y aún así seguimos en el mismo
círculo vicioso: duelo, rabia, vigilia, y luego olvido.
Yo no quiero que este sea otro episodio que la memoria
borre con el tiempo. No quiero acostumbrarme a que los niños mueran en las
escuelas o en las iglesias. No quiero seguir escribiendo artículos que se
repitan como un eco impotente. Necesitamos acción. Necesitamos leyes que pongan
límites reales al acceso a las armas. Necesitamos atender la salud mental con
urgencia. Necesitamos más que discursos: necesitamos valentía política y
compromiso social.
Hoy Minneapolis llora. Pero también deberíamos llorar
todos. Porque si algo nos enseña esta tragedia es que nadie está a salvo
mientras sigamos dándole la espalda a la raíz del problema. Y yo me niego a
aceptar que vivir con miedo y perder a nuestros niños sea el precio de la
libertad.
Por eso levanto la voz y te invito a hacer lo mismo.
Exige a tus líderes que legislen con valentía. Apoya iniciativas que protejan a
los más vulnerables. No permitas que esta tragedia quede en el olvido. Porque
si guardamos silencio, seremos cómplices. Y porque nuestros niños merecen algo
más que un país de luto: merecen un país seguro donde crecer sin miedo.
0 Comentarios